domingo, 15 de julio de 2007

La Revolución de 1821 en “El Conde de Montecristo” de Alexandre Dumas



“Y el amor y la venganza

en su corazón alianza

han hecho, y sólo una idea

tiene fin y saborea

su ardiente imaginación.

Absorta el alma, en delirio

lleno de gozo y martirio

queda, hasta que el fin estalla

como volcán, y se explaya

la lava del corazón”.

Esteban Echeverría. La cautiva.

1. Introducción a El Conde de Montecristo

“Solamente Grecia, sacudiendo el yugo de Turquía, principiaba entonces la guerra de independencia. Los ojos del mundo entero se fijaban en Atenas. Estuvo de moda compadecer a los griegos y ayudarlos, y el mismo gobierno francés, sin protegerlos abiertamente, como ya sabréis, toleraba las emigraciones parciales. Fernando pidió y obtuvo el permiso de ir a servir a Grecia, sin dejar por eso de pertenecer al ejército francés”; escribió la genial pluma de Alexandre Dumas, en el Capítulo IV: Novedades, de la Segunda Parte: Simbad el Marino, de El Conde de Montecristo.

Por supuesto que en la exitosa telenovela de Telefé no se hace ninguna mención a la Revolución de Independencia Griega, pero no viene mal que algún lector de estas líneas la vea, para poder comprender con más facilidad la compleja psicología de los personajes.

Edmond Dantés era un talentoso y honesto marinero marsellés, tenía 19 años y lo único que conocía era el mar. Amaba profundamente a una catalana llamada Mercedes y era correspondido. En el principio de la historia, que Dumas fecha convenientemente, ya veremos por qué, el 24 de febrero de 1815, encontramos a Dantés capitaneando al Faraón porque su capitán enfermó y murió en el mar. Antes de morir, el capitán pidió a Dantés que cumpla con una misión extraoficial que él debía realizar. Nada menos que entrevistarse con Napoleón Bonaparte, preso en la isla de Elba desde el 4 de mayo de 1814 hasta el 26 de febrero de 1815, fecha en que huyó y regresó a Francia proclamándose Emperador para gobernar sus famosos, y últimos, 100 días. Dumas eligió para fechar el comienzo de su relato, dos días antes del regreso del Emperador a París, aprovechando perfectamente las circunstancias políticas de la historia francesa para su novela. Así, Edmond Dantés trae una carta que habrá de entregar a un destinatario en París. Pero Danglars, un celoso contador que también trabaja para la firma naviera a la que Edmond responde, escuchó cuando el moribundo capitán daba su última voluntad a Dantés, y lo siguió cuando, muerto ya el capitán, Edmond Dantés ordenó anclar en Elba. Lo primero que hace Danglars al llegar a Marsella es contar todo lo sucedido al patrón, Pedro Morrel, con Dantés, el personaje más honesto y justo de la novela (él, y su familia, son los paradigmas de la bondad). Morrel comunica a Edmond que tiene grandes posibilidades de convertirse en capitán del Faraón. Más que satisfecho, Edmond Dantés se retira para ver a su padre, muy anciano, y a su amada Mercedes.

Fernando Mondego, otro pescador marsellés, catalán como Mercedes (por eso su nombre está en español), la amaba secretamente. Tanto la amaba, que cuando se conocieron con Edmond, en la casa de Mercedes, pronto estuvieron a trenzarse en lucha y matarse mutuamente, si Mercedes no los detenía; ella explicó a Edmond que a Fernando lo quería de la misma forma que a un primo; y a Fernando, que Edmond era el amor de su vida, y que si muriese, ella también moriría (de esa forma, evitaba Mercedes que Fernando quisiera matar a Edmond). Edmond y Mercedes, aprovechando el inminente ascenso de él como capitán del Faraón, decidieron casarse al día siguiente, sin falta.

Fernando caminó tristemente por el muelle, y se encontró con Danglars. Ambos celosos de Edmond Dantés, uno por su progreso profesional, otro por el sentimental, tramaron el complot que iniciaría las desgracias del dichoso marino marsellés. Danglars, con su mano izquierda, para no ser reconocido, denunció a Edmond por bonapartista, anunciando, además, la supuesta existencia de una carta comprometedora. Fernando entregó la denuncia a la justicia.

Al otro día los gendarmes interrumpieron la boda para arrestar a Edmond. Fue conducido ante el asistente del Procurador del Rey, el señor de Villefort. El asistente del Procurador del Rey, escuchando a Edmond cree falsa la acusación, pero le pregunta sobre la existencia de la carta de Napoleón; dicha carta existe y Edmond se la entrega. La misiva está dirigida al padre de Villefort, un acérrimo bonapartista, involucrado en asesinatos de opositores políticos. La carta anuncia, también, aunque de esto el lector se enterará en las sucesivas páginas, al regreso de Napoleón al poder. Villefort, habiéndole preguntado si alguien más, conocía la existencia de la carta, exceptuándolos a ellos dos, y habiendo recibiendo una respuesta conveniente, destruyó la carta en el fuego y lo tranquilizó, prometiéndole devolverle la libertad y encontrar a sus incriminadores. Villefort mandó encerrar a Dantés en el Castillo de If, una horrenda prisión en una isla, bajo el cargo de bonapartista acérrimo y peligroso.

En prisión Dantés conoce al abate Faría, a quien las autoridades carcelarias creen un loco. El abate calculó mal el túnel que cavaba y, en lugar de salir de la prisión, llegó al calabozo de Dantés. Juntos prosiguieron los trabajos para la fuga y estrecharon una relación muy especial. El abate Faría, un genio en el campo de las artes y las ciencias todas, instruye a Edmond Dantés en lo que Gustave Flaubert, otro genial escritor francés, definiría como su “Educación Sentimental”. La muerte de Faría da ocasión a Edmond para escapar, tomando el lugar de Faría dentro del saco mortuorio. Catorce años había pasado en el oscuro y húmedo calabozo número 27 del Castillo de If.

Dantés encontró en la isla de Montecristo el tesoro del que el abate Faría le había hablado y que nadie creía en su existencia, tomando a Faría por loco. Así es como llegamos al momento donde Edmond regresa para recopilar información y saber qué fue de aquellos que lo traicionaron, de quienes sabe sus nombres gracias a la inteligencia prodigiosa del abate Faría y su poder de deducción. Todos son prósperos y ricos, importantes miembros de la sociedad parisina. Fernando Mondego ya no es más un pescador, ahora es el señor Conde de Morcef, título de la nobleza de toga ganado gracias a sus servicios militares. Para colmo, se casó con Mercedes y tuvo con ella un hijo, el Vizconde Albert de Morcef (hijo de Fernando, no de Edmond, como pasa en la película o, como en telenovela de Telefé, donde Matías es hijo de Santiago y no de Marcos). Danglars es un próspero banquero, togado también con el título de Barón, casado y con una hija comprometida con Albert de Morcef. Villefort, por su parte, ya no es el asistente del procurador del Rey, sino que ahora él mismo es el Procurador del Rey, el escalón más importante de la justicia y, por supuesto, su puesto ya no está en Marsella, sino en París.

2. La Revolución de Independencia Griega, según Alexandre Dumas

Leyendo el apasionante relato de Alexandre Dumas, conocemos a Fernando Mondego como el pescador catalán que traicionó a Edmond Dantés para quedarse con Mercedes, pero ahora lo encontramos como el Conde de Morcef, y nos enteramos sus pecados para lograrlo. Primero se enroló en el ejército francés, en lo que no había nada de deshonroso, habiendo él nacido francés aunque con sangre española. La deshonra se da, justamente, cuando invaden España, y él, aprovechando conocimientos y contactos, facilita las cosas a los franceses en detrimento de su patria de sangre. Terminadas las guerras europeas, estalla la Revolución en Grecia.

Bien lo sabemos nosotros, Alexandre Dumas omite informarlo, que el 25 de marzo de 1821 dio comienzo la Revolución de Independencia Griega (similarmente a lo que había ocurrido el 25 de mayo de 1810 en Buenos Aires, para los que después serían englobados bajo la denominación de argentinos), auspiciada por sociedades secretas masónicas de revolucionarios, como la Filiki Etairía, a la que pertenecían Theodoros Kolokotronis, Laskarina Bouboulina y Papa Flesas, entre muchos otros Palikaria.

Como ya se dijo, desde la pluma de Dumas directamente, Fernando pidió ir a servir a Grecia y le fue concedido. En Epiro, más exactamente en Janina, Fernando Mondego, militar de rango del ejército francés, fue puesto bajo las órdenes del gobernante local, quien en Dumas recibe el título islámico de Bajá, y a quién llama Alí–Tebelín. Será por las acciones que relataremos a continuación, que se enriquecerá Fernando Mondego lo suficiente para comprar su nobleza; en el siglo XIX, la nobleza se compraba (se había hecho durante siglos, pero se intensificó después de la Restauración monárquica que siguió a la Revolución Francesa de 1789). Respecto de Janina (también Ioanina o Yanina), como ya se dijo, es una ciudad del noroeste griego, en la región de Epiro. Hoy es un centro comercial y de distribución para la región colindante, desarrollada en agricultura, ganadera, industria textil y orfebrería. Janina fue fundada por el emperador bizantino Justiniano I (527). El Imperio Otomano la capturó en 1430. Por supuesto, Dumas no se ocupa de estos asuntos, sino que la encuentra en 1821, gobernada por el bajá Alí–Tebelín, de quien no pudimos encontrar información con nuestros limitados recursos. Como fuere, Alexandre Dumas lo sitúa peleando del lado griego, casado con una “princesa” de Epiro llamada Basiliki y con una hija de muy corta edad, Haydée, por quien conocemos los hechos, en la ficción de El Conde de Montecristo.

Escribió Dumas: “Mi padre –dijo Haydée– era un hombre ilustre, conocido en toda Europa bajo el nombre de Alí–Tebelín, bajá de Janina, y delante del cual ha temblado Turquía”. Dicha honrosa presentación cabe a Kolokotronis o a quien sea el kapetán favorito de nuestros lectores. Dumas sabe sobre los Palikaria (Palikari en singular, no hace falta la aclaración), a quienes llama “Palicarios”, aunque probablemente sea un error más de la deficiente traducción que leímos. Habiéndose enterado de un complot en su contra, urdido en su propio castillo de Janina, Alí–Tebelín, con sus mujeres (esposa, hija y esclavas) y sus Palikaria, huye en barca a través de un lago, para acceder a su kasafygión (“es decir, refugio”, aclara Dumas).

“No comprendí por qué huía mi padre; mi padre, tan poderoso, delante del cual huían siempre los demás, y que había tomado por divisa: ¡Me odian, luego me temen!”. El seraskier Kourchid, el enviado del Sultán, se había retirado acompañado por el enviado de Alí–Tebelín al Sultán, el oficial francés de quien Haydée esconde el nombre, por orden de Montecristo, ya que le está contando su historia a Albert de Morcef. La historia de la muerte de Alí–Tebelín es también la historia de la traición de Fernando Mondego, su enriquecimiento y su transformación en el Conde de Morcef. Mucha confianza tenía Alí–Tebelín en Fernando, debido a la fama de honestidad de la que gozaban los oficiales franceses.

En una caverna el bajá escondió no sólo a sus mujeres, sino también su fortuna, 25 millones en oro, y, además, 200 toneles de pólvora, guardados por su más fiel Palikari, Selim, con una lanza llameante para volar todo, siempre encendida, “el guardia del fuego”.

Una tarde, Alí–Tebelín se sorprendió de ver acercarse cuatro barcas. Entonces le dijo a su esposa, Basiliki: “Dentro de media hora sabremos la respuesta del sublime emperador. Retírate al subterráneo con Haydée”. Al tiempo que veinte Palikaria se escondían sentándose a los pies del bajá, ocultos por la estructura edilicia. En el subterráneo Basiliki preguntó a Selim cuáles eran sus órdenes. Si el bajá le enviaba su puñal, él debía encender la pólvora y sepultar a todos por igual, mujeres, tesoro, Palikaria y enemigos, todos juntos; querían a Alí–Tebelín muerto, pero morirían con él. Si, en cambio, Selim recibiera el anillo del bajá, entonces la mecha sería apagada, pues el perdón imperial lo amnistiaría. Repentinamente, escucharon grandes gritos de alegría pronunciados por los alborozados Palikaria, vítores a Fernando Mondego (Haydée siempre ocultando el nombre a Albert de Morcef). Selim, para ahorrar suspensos de segundo orden, fue engañado y asesinado por Fernando y cuatro tehodoars, los soldados del imperio. Basiliki, llevando a Haydée, escapó del subterráneo: “Las salas estaban pobladas enteramente por tehodoars de Kourchind, es decir, enemigos”. Basiliki y Haydée llegan a la superficie a tiempo para ver cuando le muestran la orden imperial a Alí–Tebelín, la orden que pide por su cabeza, e, inmediatamente, el comienzo de la lucha. El bajá disparando sus dos armas, matando a dos hombres y los Palikaria, incorporándose de su escondite, haciendo fuego. Alí–Tebelín será rodeado y asesinado en esa gloriosa lucha.

Al despertar Basiliki de su desmayo, vio al seraskier Kourchid del Sultán, y le pidió piedad. Éste le respondió que debía pedírsela a su nuevo amo. Adivinan los lectores, Fernando Mondego. El gran traidor francés las vendió como esclavas a unos mercaderes que iban a Constantinopla, a cuyas puertas murió de horror Basiliki al ver la cabeza de Alí–Tebelín allí empalada. Haydée fue vendida a un mercader armenio que la educó como si Haydée no hubiera perdido su rango, para después venderla al Sultán Mahmud, a quien Montecristo la compró, para tratarla como la princesa que era y para que sea un instrumento más, de su venganza.

3. El cálido y buen Edmond Dantés o el gélido Conde de Montecristo

Esta tercera parte del artículo se aleja de la Revolución para acercarse al sentimentalismo del lector. La transformación del buen marino Edmond Dantés en la fría y despiadada criatura que llevará a cabo la venganza es una de las más fuertes imágenes que se graba a fuego en la mente del lector de El Conde de Montecristo. Cuatro personalidades tomará Edmond Dantés para realizar su venganza: Simbad el Marino, Lord Wilmore, el abate Busoni, y el Conde de Montecristo, siendo el Conde la más fría y perfecta personificación de la Némesis, estando él mismo convencido de ser el brazo ejecutor de la venganza divina en la tierra. Así desarrollada la psicología del marino, hay dos momentos poderosísimas al sentimentalismo del lector (aparte de cada una de las veces en que Edmond Dantés descubre quién es, sea ante amigos, o enemigos), y ambas tienen que ver con lo mismo, la humanidad de Dantés, que él, a pesar de sus esfuerzos, no pudo eliminar.

Cuando Mercedes, su antiguo amor, va a pedirle que no mate a Albert, el hijo de ella y Fernando, mostrando a los lectores no sólo que ella nunca había sido engañada, sino también que había reconocido desde el primer momento, a Edmond en Montecristo. Por un segundo, sólo por un instante, una lágrima cae desde cada ojo de Edmond, pero, según Dumas, desaparecen al instante, recogidas por un ángel, ya que esas lágrimas valen más para Dios que la más preciosa de las perlas. Las lágrimas de un hombre que no llora, que no siente. El hombre deshumanizado por su destino y su deseo de venganza que, momentáneamente, recupera parte de su humanidad.

El segundo momento de emoción del lector, también se relaciona a las lágrimas de Edmond Dantés. Es cuando él se descubre ante Maximilian Morrel, el hijo de su buen armador, su ex patrón, Pedro Morrel. Maximilian está determinado a suicidarse por haber perdido a la mujer amada. Para detenerlo, Edmond Dantés descubre su identidad, la familia Morrel llora conmovida ante su bienhechor, y el frío Conde de Montecristo se quiebra, y vuelve a ser, momentáneamente, Edmond Dantés... “Aquel hombre de bronce sintió que el corazón se dilataba en su pecho. Una llama abrasadora subió a su garganta y a sus ojos, inclinó la cabeza y lloró”... El hombre deshumanizado, insistimos, por su destino y su deseo de venganza que, momentáneamente, recupera parte de su humanidad.



Mat Elefzerakis