viernes, 31 de agosto de 2007

Releer sus cartas - Mat Elefzerakis

Ya no estás más a mi lado, corazón, ya no me llegan cartas tuyas, esas cartas que me alcanzaban, primero una vez al mes, después cada mes y medio, luego, cada tres meses, y la última, llegó hace dos años.

En el alma sólo tengo soledad. Sin ella, sin sus palabras ya, estoy sólo, antes, al menos tenía las cartas, como en aquella en la que me contó que su madre la había abandonado cuando no había cumplido los dos años. Su padre se había reducido a un ser taciturno y esquivo, además de alcohólico. Todas las noches, después de trabajar, se encerraba en su dormitorio a escuchar sus tangos. Muchas noches ella intentó alegrarlo. Pero él, en su alma, igual que yo ahora, sólo tenía soledad.

“Y si ya no puedo verte”. Me dijo un día. Tenía doce años y nos conocíamos hacía un mes, cuando el circo me había llevado a aquel paraje perdido de Córdoba. Yo fui el primero en besarla. Aquélla posibilidad, no poder vernos, la instaló la desaprobación de su padre a mi manera de vivir la vida, y que yo fuera diez años mayor que ella. Mi bohemia trashumancia le molestaba sobremanera. Y sí, yo era, y soy, un acróbata circense. Tres meses me bastaron para saber que ella era el amor de mi vida.

“Porque Dios me hizo quererte”. Me explicaba ella su decisión de escapar de aquel pueblo y seguirme, a mí y al circo, a donde la vida y los caminos nos llevaran. Pero, mientras nosotros hablábamos, el padre encontró el bolso bajo su cama.

Para hacerme sufrir más, no dudó en golpear con el puño cerrado el rostro de su propia hija mientras me amenazaba, borracho, con volarme la tapa de los sesos. Sin embargo, gracias a esa borrachera, el disparo me atravesó el hombro, pero mi corazón, hacia donde estaba dirigido, igualmente quedó desgarrado al tener que irme, sin ella, de aquel pueblo.

Siempre fuiste la razón de mi existir, pienso, invariable e inevitablemente, cada vez que te recuerdo, mi acróbata circense. Fuiste el primer, y el último, hombre del que estuve enamorada. Y fue hace tanto. Yo sólo era una nena. Doce años tenía. Vos, veintidós. Tu edad y tu profesión fueron más que suficiente para que mi padre se opusiera terminante y tajantemente a nuestra relación.

Adorarte para mí fue religión, adorar a mi ángel, hermoso y perfecto. Te escucho, todavía, en mi mente, o sería más correcto decir, en mi corazón. Y pienso en aquella tarde, la más feliz de mi vida, en que me diste mi primer beso. O, más tristemente, en el atardecer en que mi papá te atravesó el hombro de un balazo, luego de emborracharse, tras descubrir que había empacado mis cosas, para escaparme con vos.

Y en tus besos yo encontraba la ilusión de vivir la vida en compañía de tu amor. No cabía otra posibilidad. ¿Cómo pensarlo de otra forma, con mi mente adolescente? Si hasta fuiste capaz de decirme: “Te amo”. Me lo dijiste, y me descolocó. Yo no supe responder, y no lo repetiste, hasta el último día, cuando tu sangre manchaba el suelo de Córdoba. “Te amo”, te escuché por segunda y última vez.

El calor que me brindaba tu recuerdo me permitió seguir viviendo. Escribiéndote yo me sentía más cerca. Y fue escrito, y adornado, que viste el primer “Te amo” que yo te dediqué. Estoy segura que en tu cabeza, o más bien en tu corazón, podías escucharlo. Todos los días te escribía, pero por supuesto no mandé todas las cartas. Lo hacía periódicamente, una por mes, aunque después, cuando ya escribía menos, comencé a incrementar el tiempo.

El amor y la pasión que sentías por mí, te hacían responder devotamente cada una de mis cartas. La primera carta que me respondiste, supe que tus palabras habían sido verdaderas, porque repetías todo lo que me habías dicho, y escribiste más. Que nunca me ibas a olvidar. Que te harías un partido digno de la aceptación de mi padre. Pero también, como caballero que eras, que sos, seguramente, me pedías que si me enamorara de otro, no te esperara, que hiciera mi vida, y fuera feliz.

Es la historia de un amor, releer sus cartas. Sé que ella me amó como yo la amé. Pero yo todavía la amo. Cuando sus cartas cesaron, yo también terminé las mías. Nunca le escribí para preguntarle si había encontrado a alguien más. Asumo que sí, y prefiero no tener confirmación. En la respuesta a la primera de todas las cartas, le dije que si se enamorara, no me esperara, pero, deliberadamente, no le había pedido que me avisara. Y, si pasó, no lo hizo.

Como no hay otro igual, el trabajo circense trae muchísimas satisfacciones. He sido feliz, no puedo negarlo, sería injusto para tanta gente que me quiere y me apoya. Amigos, compañeros, que me hacen reír cuando caigo en mis periódicas recaídas. Es que nunca más volví a enamorarme, y no pude dejar de recordarla.

Que me hizo comprender que la vida hay que vivirla. Vivo para volver a verla algún día. Regresaremos a aquel pueblito cordobés, más tarde o más temprano. Y yo podré verla, o, al menos, recabar información verdadera acerca de su destino. Si está casada, si tiene hijos.

Todo el bien todo el mal es lo que representa para mí la cicatriz en mi hombro. El balazo con el que su padre destruyera mi corazón y me obligara a irme sin ella. Hubiera arriesgado mi vida sin dudar, pero no podía arriesgarla a ella, no podía permitir que, por quererla matarme a mí, pudiera herir a su propia hija. No hubiera podido perdonármelo nunca. Pero tampoco nunca me perdoné haberla dejado. Fue, al mismo tiempo, todo el bien todo el mal.

Que le dio luz a mi vida, ella, sólo ella y nadie más. Perdón, amigos, déjenme llorar, es sólo una más de mis ocasionales crisis. No se preocupen, no voy a tomar ninguna decisión determinante. Uno tiene que decidir cuando sabe que está en uso pleno de sus facultades. Y yo sé que, cuando estoy así, no pienso con claridad.

Apagándola después, la luz, por favor. Gracias, y cierren la puerta al salir.

Ay, qué vida tan oscura. Tan triste, tan desolada. ¡Qué será de vos, Amor! ¿Dónde estás? ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué el circo no puede llevarme de nuevo a tu pueblito? Te extraño, te amo. Siempre lo haré, por siempre y para siempre.

Corazón.

Sin tu amor no viviré.

Mat Elefzerakis;

Miércoles 22 de agosto de 2007

Pueblo chico - Mat Elefzerakis

El rebote de la luz solar en el pavimento no dejaba al cansado profesor distinguir los nombres de los colectivos. Hacía bastante ya que esperaba a “El colmenar”.

Sacó un pañuelo para secarse el sudor de la frente, y al guardarlo se encontró con el colectivo detenido delante de él. Sin pensarlo, subió.

–Buenas tardes.

–Buenas tardes, profesor –contento con el reconocimiento, respondió con una sonrisa antes de acercarse a la máquina expendedora de boletos–. No, por favor, no hace falta.

–Pero cómo no, es mi obligación pagar mi boleto.

–Tiene obligaciones más importantes, profesor. Sé lo duro que es ser docente.

–Bueno, muchas gracias –respondió, y se sentó en el primer asiento en diagonal al chofer–. ¿Usted es?

–Leandro Ferreira, profesor…

–Ferreira… Usted es el padre de Marquitos.

–Sabía que si le decía mi apellido, usted sabría…

–No, por favor. A esa edad todos los chicos son así. No se preocupe. Habrá que tomar medias si en unos años Marquitos sigue como hasta ahora. Por el momento, vamos bien.

–Bueno, menos mal, me quedo más tranquilo, entonces. ¿Va para la escuelita Moreno?

–No, no. Afortunadamente, los viernes termino temprano, regreso a casa. Pero los días cortos son tan cansadores como los largos.

–Sí. Le creo, profesor. Como le dije, sé lo sacrificado que es ser docente. Usted tiene en sus manos el futuro de casi todos los chicos del pueblo. Es un pueblo chico, pero, usted sabe, afortunadamente tenemos más niños y adolescentes que viejos… Es un gran trabajo el que hace. Marquitos lo aprecia mucho.

–Marquitos es un chico con un gran corazón… Y sí… Para hacer el trabajo docente hace falta una verdadera vocación de servicio. Un estar dispuesto a desempeñar tareas para las que no recibimos instrucción. Hay que entender a los chicos, comprenderlos… Siempre creí, y fue esa la razón principal por la que elegí este camino, que trabajar con chicos y adolescentes era una forma de intentar contribuir a la formación de un futuro mejor, al menos desde la humilde tarea de dejar una huella, por más mínima que sea, en la vida de los chicos.

–Si todos los docentes pensaran como usted, profesor.

–Piensan como yo, Señor Ferreira, piensan como yo. La mayoría.

El profesor miraba por la ventanilla, en las paradas, nadie estiraba su mano para subirse a “El colmenar”, ni siquiera la gente que habitualmente tomaba ese colectivo a la misma hora que él. La peculiaridad no lo molestó, así llegaría más rápido. Extrañaba mucho a su mujer, embarazada de pocos meses de la que será su hija primogénita. El profesor se considera un hombre feliz… Es más, de joven, cuando eran novios, se llamaba a sí mismo “el hombre más feliz del mundo”.

–Saludos a su señora, profesor, se merece toda la felicidad que el futuro le depara.

–Serán dados, Señor Ferreira, y muchísimas gracias, por todo… Me bajo en la siguiente. Será hasta la próxima.

–Hasta la próxima, profesor, pero todavía le quedan largos años –como al subir, el profesor le devuelve una cordial sonrisa.

Mirando como “El colmenar” se aleja, el profesor piensa que Marquitos no sabe que él es casado, mucho menos que ella esté embarazada, nunca hizo ninguna referencia a su vida personal delante de sus alumnos. Pero más lo inquieta el significado de aquella extraña despedida, un próximo encuentro, recién cuando hayan transcurridos largos años… ¿Qué le habrá querido decir con aquello?

–¡Marquitos!

–¡Profe! ¿Cómo le va?

–Muy bien, acabo de bajarme del colectivo de tu papá –Marquitos se puso pálido; el profesor se sorprendió–. ¿Qué pasa, Marquitos? ¿Te sentís mal?

–Es que… Profe, mi viejo murió en un accidente, hace cinco años.

Mat Elefzerakis;

Pacheco; Sábado 07 de julio de 2007

Ambas naturalezas - Mat Elefzerakis

“Algún día alguien te va a hacer lo mismo que vos me hacés a mí”, me había amenazado Franco, mi primer novio importante, “Vas a quererlo, a amarlo tanto como yo te amo a vos, pero él te va a tratar de la misma forma que vos me tratás a mí”... Y así fue. La amenaza se cumplió.

La relación, como todas, empezó siendo idílica, perfecta, soñada.

Éramos compañeros de trabajo, en un fast food en el patio de comidas un shopping. Así nos conocimos, nos gustamos y comenzamos un sano histeriqueo. Cuando salíamos todos juntos después del trabajo, él me invitaba una cerveza para tener derecho a ser el que me hablara sentado a mi lado. De todas formas, todos conocíamos sus intenciones y las reglas del juego. Además, yo le daba cabida.

Empezamos una historia.

En aquella época yo estaba convencida de aquella canción que reza “Nada es para siempre”... En especial por el abrupto y desesperanzador final de mi relación con Franco. Tanto me pegó aquel final que se quedó grabado a fuego en mi memoria. En especial, aquella amenaza. Amarás como yo te amo, te tratarán como vos a mí. No quería que esa predicción se cumpliera, y el “Nada es para siempre” era la forma más segura de lograrlo.

Tenía todo eso en la cabeza al empezar mi relación con Charly. Pero me enamoré. Y cuando una se enamora se olvida del “Nada es para siempre” y empieza a hacer promesas de eternidad, y a creerse los juramentos que se le hacen.

Estaba feliz, enamora como una estúpida, y tenía a mi lado un hombre enamorado como un estúpido. Nuestra relación creció, nuestra confianza y nuestro conocimiento acerca de cada uno también. Pero, a los pocos meses que comenzamos, ya reconocido por nosotros nuestro “noviazgo”, un suceso sacudió a la familia de Charly, y a él mismo, muy profundamente. El suicidio de su tío. El hermano menor del padre, que más que tío era su hermano mayor, por sentimientos y por la cercanía generacional que tenían, era unos pocos años mayor que él. Nunca supe qué fue lo que lo llevó a quitarse la vida, colgándose en el baño de la casa de los abuelos de Charly. Lo que sí supe, porque lo sufrí en carne propia, fueron los estragos que aquello provocó en su psiquis. Porque yo, para colmo, soy estudiante de psicología.

Charly se sumió en un luto infinito.

Encima, su padre había abandonado el hogar familiar y, por supuesto, por un pelo de concha. Charly se hizo cargo de su familia entera, y de la casa, en un barrio de gente de bajos recursos, entre miseria, drogas y alcoholismo. Yo quedé postergada en un lugar lejano en sus prioridades, pero estaba enamorada. Pronto, su hermana menor, esa conchudita, también se convirtió en obstáculo. Cuando yo me quedaba en la casa de Charly ella llegaba en la mañana y se metía en nuestra cama, con su bebé. Sí, esa conchudita era ya madre, era una nenita, una adolescente, pero tenía ya la inmensa responsabilidad de una vida en sus manos... No, en realidad, la responsabilidad era de Charly, como todo en su casa. El padre de la nena era uno de sus amigos, un alcohólico y drogadicto irrecuperable.

Además, Charly trabajaba vendiendo ropa interior femenina y lencería. Sí. ¡Qué belleza! Imaginensé, estaba todo el día tratando con minas. Mis celos, por las nubes. Ojo, él no se quedaba atrás. Estaba celosísimo de un amigo mío de toda la vida, ¡y se llaman igual! Menos mal que él se hace llamar distinto, Charles, en lugar de Charly, sino, mi novio se hubiera puesto insoportable... “Mi novio”, escribí.

Lo cierto es que, más por despiste que por otra cosa, les intercambié, muy pocas veces, las denominaciones: “No, no, Charles es él, yo soy Charly”, me respondía cada uno de ellos, intercambiando los términos. Charles por Charly, Charly por Charles.

Por supuesto que jamás le fui infiel. ¿Él a mí? No lo sabría, y no me interesa. Es el hijo de su padre, pero uno no tiene la culpa de los padres que le tocan, y, además, lo defenderían los árabes, uno es más hijo de su tiempo, que su padre. Se cumple el proverbio árabe en mí. No así en Charles, que es innegablemente hijo de su padre, y no de su tiempo.

Hace muy poco, para colmo, el padre de Charly, que tiene ya una hija con la mujer con la que engañó a su mamá, le pidió ropa interior para regalar a una compañera de trabajo... Pero no sólo eso, sino que le confesó que su compañera lo calienta. Sí, sí. Así se lo dijo, su compañera lo calienta.

Pero la cosa no se queda allí. La mamá de Charly intenta reconstruir su vida amorosa. Se reencontró con su primer novio, uno que había quedado relegado a sus recuerdos de adolescencia, pero que, al encontrarse de adultos, volvieron a gustarse y decidieron reiniciar aquello que tiempos pasados habían interrumpido. Hasta ahí, una historia de telenovela de la tarde, pero ahora viene lo escabroso: el tipo es casado, con hijos. Por tanto, promesas de futura convivencia mediante, la mamá de Charly le estará haciendo, próximamente, a una pobre y buena mujer, presumo por desconocimiento, lo que a ella misma le hizo su propio marido.

La situación estaba logrando desenamorarme, por supuesto, no sin el sufrimiento que esto conlleva. Lo amo como me amó aquel primer novio, él me ama, pareciera, como yo lo amé a aquel que tanto lastimé, y ahora me toca a mí ser la que sale herida, pero fácilmente, por instinto, puedo ser la que hiere.

El desánimo de Charly fue total desde hace unos meses. Parecía que ni yo ni nadie le importaba... No, eso era mentira, siempre tenía el celular encendido para que la conchudita lo encontrara o para que su mamá le pidiera que vaya a buscar a su hermano a alguna parte, un hermanito a quien él cuidaba como tendría que hacerlo su padre ausente. Pero a mí no me respondía mis llamados ni mis mensajes. Sólo me buscaba una vez por semana, a veces cada quince días, para ir al telo, como anoche.

Yo aceptaba, a eso me veía reducida, a una concha mojada, a eso lo reducía a él, una pija parada. Esas fueron las reglas del juego. ¿Qué fue de todo el amor que sentíamos, el que sentimos durante los últimos tres años de nuestras vidas? ¿A dónde fue a parar?

La última noticia, la que me comentó hace unas horas mientras nos besábamos después que él acabara por primera vez, es que la conchudita tiene en su vientre la promesa de una nueva responsabilidad. Por supuesto, él no lo dijo con esas palabras.

Me puse de muy mal humor, pero el contexto no daba para demostrarlo. Me gusta pernoctar, da tiempo y tranquilidad, lo que no tenemos en los turnos comunes y, más importante aún, lo que no tenemos, definitivamente, en su casa.

Pero ya estaba cansada, ya estaba harta. Decidí hacer uso de mi instinto y acabar con su miseria, con su desesperación y desánimo.

Cuando cayó dormido, exhausto, empecé a tejer. Extendí mi tela a su alrededor, lo dejé inmovilizado. Después le clavé mis colmillos y comencé a drenarlo.

Charly ya nunca más despertará. Ahora está muerto. Sólo dejé de él los desperdicios que no me sirven, pero ni eso, porque ya se fueron por el inodoro. Ni siquiera el escape de este lugar me preocupa, es tan fácil para nuestra especie.

En otras épocas, en las primeras, Charly me aguantaba bastante más. Hoy, se quedó profundamente dormido después de acabar por tercera vez.

Charles me había dicho que aquello era una vergüenza, pero lo agradecía, él se veía beneficiado en la decadencia amatoria masculina, me explicaba lo “agradecidas” que quedaban con él sus víctimas, antes que él les demostrara nuestra verdadera naturaleza. Charles sigue los instintos de nuestra especie: después de probar el desempeño sexual de sus victimas, va a los papeles. O sea, no ahí mismo, después del primer encuentro, sino en el segundo, y recién después del disfrute sexual, se metamorfosea con ese horrendo aspecto que nos da ser los maldecidos descendientes de Aracné. Así se ahorra el sufrimiento que le produciría enamorarse de una humana, que es lo que me pasó a mí. Ya con ésta, dos veces.

Charles las prueba, y si le gusta su desempeño amatorio, en el segundo encuentro las devora, y ya no deja lugar para que le surja ningún sentimiento humano. No es requisito que nos guste cómo la comida se mueve en la cama. Esa, más bien, es una apuesta entre nosotros. Sólo que para mí, es más difícil encontrar buenos especimenes. Los hombres exitosos son difíciles de encontrar, y ninguna otra hija de Aracné me reprocharía por intentar disfrutarlos un tiempo, cuando los encuentro. El problema es, justamente, si me enamoro.

Lo mismo que hace Charles, había empezado a hacer yo, en mi etapa de “Nada es para siempre”. Él estaba contento.

–Por fin dejás de jugar con la comida –me había dicho–. Debiste haberte comido a ese estúpido de Franco mientras lo tenías, jugaste a ser humana, y ahora te quedaste sin comer.

–¡Puedo comerme al que se me ocurra! –le había gritado desafiante, y esa noche se lo demostré, me comí a tres. Me indigesté. No volví a comer durante un mes.

Después, metafóricamente, entré a trabajar en el fast food... Mi encariñamiento con Charly, que derivó en enamoramiento, y en los tres años de noviazgo, durante los cuáles, instintivamente, sobreviví comiendo sólo cada mes y medio, o dos meses.

–Es inarácnido lo que estás haciendo. Voy a matarlo yo, para que te lo comas de una vez.

–Ni se te ocurra, dejáme hacer las cosas a mi manera.

–A la manera humana, querrás decir... Bueno, nena, enteráte, no somos humanos, somos arañas –repetimos tantas veces esa discusión con Charles. Y yo sabía que él tenía razón, pero qué, ¿acaso una descendiente de Aracné no tiene derecho a enamorarse, a intentar vivir una vida común, como si fuese humana? Según Charles, no. Somos arañas, repite incansablemente. Pero eso no es del todo verdad. No somos sólo arañas, podemos ser humanos. Somos descendientes de Aracné, tenemos ambas naturalezas.

Eso era lo que intentaba yo al lado de Charly, pero no puede, su historia de vida no me lo permitió, si no me lo comía a él, seguro me terminaba comiendo a esa conchudita.

Mat Elefzerakis;

Jueves 05 de julio de 2007

Maquetas perfectas - Mat Elefzerakis

Había observado por encima del diario que fingía leer, a un hombre de baja estatura, sin cabello, habitualmente pálido, extremadamente delgado. Por sus gestos duros y su mal carácter, solía caer mal a las personas, afeándolo todavía más. Bebía muy lentamente su café y leía con extrema concentración una biografía de Winston Churchill. Noté con ironía que tenía cierto parecido con la foto del estadista inglés en la portada del libro, que tendría, seguramente, la misma edad al momento en que se la tomaron, sesenta y ocho años.

Su futura esposa, Claudia, era mi cliente, sospechaba que aquel hombre desgarbado le era infiel, y había contratado mis servicios para investigarlo. Su diferencia de edad era notable. Ella tenía veintinueve años. Pero la diferencia física, de la cual me cercioré al empezar a seguirlo, era todavía más contrastante. Claudia, es una mujer joven, muy apuesta, estilizada desde todos los aspectos; mi investigado, Francisco, es un anciano maltrecho por los años, aunque es evidente que en sus años mozos tampoco fue un Adonis, ni siquiera discretamente lindo. Claudia y Francisco habían sido novios durante más de diez años, y en aquel momento, estaban pronto a casarse.

Supuse que el amor que Claudia tenía por Francisco, pues se mostraba sincera y nunca me había dado motivos para dudar, se basaba en una admiración intelectual. Ella era la decana de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Francisco tenía un carácter acorde con su profesión, Socio Mayoritario de la firma de abogados más importante de la Argentina... Sí, estuve siguiendo a Francisco Aguirre, un hombre con una fuerte presencia mediática, en la que muestra poca delicadeza en el trato con las personas.

Esa fuerte presencia en los medios me hizo intuir que, en la calle, si es que Claudia tenía razón, y Francisco le era infiel, no lo descubriría in fraganti jamás. Tendría que ser en el interior de un local, tal vez en algún Club Nocturno.

En realidad, Claudia no tenía sospechas certeras, de hecho, la convivencia era excelente, pero ella quería asegurarse la fidelidad de su marido para casarse tranquila. Como trabajaban los dos, sólo compartían la casa durante las horas nocturnas. Ella estaba preocupada porque temía que su marido la cambie por otra mujer. Quería estar segura de no ser engañada, y que, por tanto, podrían estar juntos y felices el resto de su vida.

Francisco Aguirre pasa, todavía hoy, demasiadas horas en reuniones definidas por sus secretarias como “importantes”, aquello daba para fundar algunas sospechas. En la segunda semana decidí un seguimiento más exhaustivo, una marcación personal.

Claudia apoyó mi decisión en la primera entrevista. Le presenté el informe con mis conclusiones iniciales. Francisco parecía el hombre más fiel del planeta Tierra, y también uno de los más trabajadores, por el tiempo invertido en reuniones importantes. Había que profundizar, si quería encontrar algo. Aunque, a decir verdad, no me interesaba tanto la fidelidad o no de Francisco Aguirre, sino su posible conexión con negocios sucios y corrupción, eso era lo que realmente quería encontrar, finalmente tenía un pez gordo entre manos, a costa de quien obtener fama y dinero. El caso Aguirre había despertado mi codicia.

Mi vida había empezado a cambiar. Lo seguía más de dieciséis horas diarias. Eso implicó abandonar mi casa, a Brisa, mi mujer, y la vida que hasta el momento había construido con ella.

Terrible fue mi sorpresa cuando una mañana, a través de mis binoculares, desde mi oficina alquilada convenientemente en el edificio frente al poderosísimo Estudio Jurídico Aguirre, D’andrea & Labanca, vi a mi mujer formando parte del equipo de secretarias de Francisco Aguirre. El caso Aguirre tomaba tintes personales. Tan inmerso estaba en mi investigación, que no había prestado atención cuanto mi Brisa me contó que había conseguido trabajo como secretaria. Al notar mi desinterés, no me dijo de qué firma se trataba, ni que sería una de las secretarias del mismísimo Francisco Aguirre.

Las preguntas para mi mujer comenzaron a girar en torno a la vida personal de su patrón, y, también, celoso, en torno a la relación que ella pudiera llegar a tener con él. Mis sentimientos interferían en mi trabajo. Mi mujer pronto notó esos celos y optó por la decisión más madura. Demostrarme su amor en los hechos y no responder a mis preguntas respecto de ese tema.

Pero no me fue suficiente. Mi investigación me había demostrado cierta fama galante de “Don Francisco”, a pesar de la tosquedad con que solía tratar al común de la gente, y de su carácter casi permanentemente huraño. Sin embargo, todas sus secretarias, incluyendo a mi Brisa, hablaban bien de él. Los celos me carcomían, no quiero excusarme, pero creo que fue por eso por lo que empecé a frecuentar más seguido a Claudia.

Con la excusa de presentar informes extras sobre mi investigación, cada vez más seguido. Mi interés en mi cliente se incrementaba, demasiado interés, pronto, apasionado interés.

Conforme pasaba el tiempo, Claudia fue ganando espacio a Brisa en mi mente, en mis pensamientos y sentimientos. En lugar de pensar en Brisa, pensaba en Claudia. En poco tiempo me olvidé la verdadera razón por la cual me vinculaba a Claudia. Olvidé la investigación sobre la fidelidad de Francisco Aguirre. Incluso, olvidé también sus posibles vinculaciones con la corrupción o los negociados ilegales, cuyo descubrimiento había despertado mi codicia. Ahora sólo me interesaba Claudia. Las semanas pasaban, y yo no sabía qué hacer. Miles de preguntas surgían. Pero ninguna tenía una respuesta concreta, una respuesta confiable, de la cual yo pudiera estar seguro. Solían tener dos opciones, Brisa o Claudia.

Empecé a jugar a dos puntas.

Ya no trabajaba para ella. Mi investigación había dejado de tener efecto. Ahora nos involucrábamos sentimentalmente.

Ella elegía los lugares donde íbamos. Un día me dio el honor de elegir a mí. Quise llevarla al lugar donde conocí a Brisa. Ella aceptó sin ningún problema. Cuando llegamos, me confesó que en ese lugar había conocido a Francisco. A pesar de sus malos recuerdos, decidimos entrar igual.

Nos sentamos en una mesa apartada de la puerta principal, cerca de un gran ventanal.

–¿Esta mesa está bien, amor? –pregunté a Claudia.

–Es perfecta, amor, muchas gracias, con Fran, nos habíamos sentado del otro lado del restauran –así comenzamos una velada agradable, de diez minutos...

–¿Esta mesa está bien, amor? –escuchamos a mi espalda.

–Es perfecta, amor, muchas gracias, con Luc, nos habíamos sentado del otro lado del restauran.

–Dichosa casualidad, señor Aguirre. Aquí está Luc –dije volteando de inmediato.

–¡Claudia! –se sobresaltó Francisco, casi con una expresión de terror.

Claudia, por su parte, permaneció inmóvil, inquietantemente serena. De hecho, todo el restauran pareció quedarse así... ¿Pareció? No, todo el restaran perdió completamente el movimiento. Sólo Francisco, Brisa, Claudia y yo seguíamos conscientes, el resto del mundo había quedado fuera del tiempo. O éramos nosotros cuatro los que lo estábamos. Nunca lo supe. Nunca se lo pregunté a Claudia... Ingenuo de mí, todavía hoy la llamo Claudia...

Aterrador fue ver la mosca que había quedado paralizada a centímetros de mi nariz. Sus alas tiesas, sus millones de ojos reflejantes. Inmóvil, suspendida en el aire, como una maqueta perfecta.

–Maqueta perfecta... Me gusta esa metáfora, Luc –me dijo Claudia, incorporando de su silla y pasando por detrás de mí. El calor del lugar comenzaba a incrementarse.

–¿Leés mi mente? ¿Sos vos la que produce esto?

–Quién soy yo, es la verdadera pregunta.

Francisco se apartó de al lado de Brisa y fue a besar, galantemente, la mano de Claudia, tras lo cual, ambos sufrieron horribles metamorfosis. Si ver a Francisco con forma humana ya era suficientemente grotesco, con aquel otro aspecto gargólico, al que todavía no puedo acostumbrarme, es indefiniblemente menos soportable. En cuanto a Claudia... Su estatura y su estructura corporal se incrementaron, pero su forma continuó siendo femenina como sus facciones hermosas, a pesar del surgimiento de dos enormes cuernos en su frente y las alas en su espalda, sin contar con el enrojecimiento de sus ojos.

Al final, mis sospechas eran verdaderas. Brisa, mi mujer, me engañaba con Francisco Aguirre. Yo engañaba a Brisa con Claudia, la mujer de Francisco Aguirre. Pero ni Claudia ni Francisco pertenecían al mundo de los mortales. Francisco era un realidad un lacayo, un sirviente, un demonio menor al servicio del Diablo, y Claudia... Bueno, ¿hace falta que lo aclare?

Ni mi alma ni la de Brisa nos pertenecen ya. Todavía caminamos en la tierra, juntos, como antes, pero ahora obedecemos las órdenes de Claudia y, al igual que Francisco, nuestro trabajo es cazar almas... Y de la peor manera que a nosotros se nos podía pedir: separando parejas felices. Destruyendo maquetas perfectas.

Mat Elefzerakis & Verónica Bogs;

Sábado 02 de junio de 2007

Pálido como un ángel - Mat Elefzerakis

Miedo... Pero, inmediatamente después, tristeza. Eso fue lo que sentí. ¿Qué hacían en el parque a esa hora? Ellos sabían lo peligroso que era. ¿Dónde estaba Mariano, estaba muerto, estaba vivo? Pedirían rescate por él en cualquier momento, eso era seguro. Sí, me repetía mi papá mientras yo lloraba desconsoladamente cuando él me contaba, tras acompañar al padre de Andrés a la morgue a reconocerlo, que el cuerpo estaba cubierto de ropas pobres, como las de los ladronzuelos del parque, así me había dicho él. Sabíamos que Mariano estaba con él antes que lo mataron, porque lo había pasado a buscar a mi casa.

Desde el balcón de mi habitación, aunque dista más de media cuadra de la esquina, puedo ver el parque. Esa noche había escuchado un disparo, o lo que me pareció un disparo, porque no escuché ningún grito, sólo aquel sonido explosivo en la monotonía de la noche.

Andrés estaba muerto. Habían encontrado un arma de grueso calibre cerca que había hecho un solo disparo. Pero a Andrés lo habían matado a golpes. Su cuerpo estaba muy perjudicado; su rostro, irreconocible; su cuello, rasgado con saña inhumana. Su padre lo identificó por una marca de nacimiento arriba de su tetilla derecha... ¿Y Mariano? ¿Dónde estaba Mariano, el Amor de mi Vida, la luz de mis ojos, dónde?

Durante el mes que siguió al asesinato de Andrés y la desaparición de Mariano, no hubo ningún pedido de rescate. No había sospechosos. La escena del crimen estaba limpia de huellas. Pronto, demasiado pronto, se instaló de manera oficial la hipótesis que Mariano había asesinado a Andrés antes de desaparecer. La prensa comenzó a hostigarme a mí, a mi familia y, por supuesto, a las familias de Andrés y Mariano. Yo ya no tenía ganas de seguir, mi vida sin él no tenía sentido. Pero tenía que saber, tenía que entender lo que había pasado, dónde estaba.

El tiempo pasó y seguíamos sin tener noticias, yo seguía llorando, encerrada en mi habitación, cambié mis hábitos de sueño, sólo de noche podía salir al balcón a respirar, de día, algún fotógrafo podría buscar la foto de tapa para alguna revista amarillista. Ya no vivía de día. Mi vida, si a eso podía llamarla vida, transcurría de noche. Seguía llorando, sin Mariano, mi vida perdía luz, y mi existencia sentido... Sólo continuaba para saber por qué, para saber dónde estaba, por la posibilidad de que estuviera vivo y pudiera regresar a mí...

Habituada a mis lágrimas empañando mi vista, pude comenzar a leer en ese estado. ¿Qué leía? ¿Qué otra cosa podía leer? La sección de policiales del diario: leía las locas hipótesis de los periodistas de investigación sobre el caso; el expediente seguía sin sumar nada... Y leía todo lo demás. Toda la sección, de la primera a la última palabra. Buscaba algún indicio que me indicara qué había pasado con Mariano, algo que me permitiera intuir quién era el asesino de Andrés.

No pasó mucho hasta que encontré la noticia de otro asesinato como el de Andrés. El arma en la escena del crimen, esta vez, era un cuchillo. Se creía que éste había sido utilizado por la víctima para intentar defenderse. El muerto estaba también desfigurado a golpes, y su cuello había sido destrozado. Corté el artículo y se lo entregué a la custodia, sí, teníamos custodia las veinticuatro horas, para que se lo lleven al comisario, junto con una carta con mis conjeturas y conclusiones. El asesino había atacado de nuevo y, tal vez, Andrés no había sido su primera víctima.

La policía relacionó las dos muertes, la de Andrés y la que yo les había indicado, con una serie de asesinatos anteriores que compartían el mismo patrón. Parecía el accionar de un asesino serial. Indigentes, ladones, esas habían sido todas las víctimas anteriores. Todos muertos a golpes, con sus cuellos rasgados inhumanamente, con un arma encontrada en la escena que nunca era usada por el asesino, sino por las víctimas. Todos ladrones, armados, y, aunque Andrés no lo fuera, como ellos estaba vestido, como ellos estaba armado. ¿Estaba allí la clave de la desaparición de Mariano? ¿Dónde estaba Mariano? La investigación aseguraba que Andrés era una víctima más de este asesino serial, por ser de clase alta, era la excepción que confirmaba la regla. La policía no podía encontrar ninguna pista que los guiara a este depravado asqueroso, inmundo e infecto, que mataba pobres ladronzuelos y que, estaba yo segura, tenía a mi Mariano con él, muerto o vivo, como trofeo.

El paso del tiempo, sin noticias, sin pistas, me desesperanzaba, ya habían pasado más de seis meses del asesinado de Andrés, de la desaparición de Mariano.

Fue entonces, cuando comencé a perder las esperanzas de verlo con vida de nuevo, que empecé a dormir mucho más de la habitual, pasaba muy pocas horas despierta, desde el atardecer hasta la madrugada profunda... Pero, todas las noches, sin excepción, soñaba con Mariano. La primera vez fue extrañísima, habría podido jurar que estaba despierta. Él entró por mi balcón, vestía totalmente de negro, un impecable traje, con chaleco incluido, incluso, también, sobretodo. Pálido como un ángel, con los ojos resaltados como delineados en negro. Yo estaba inmóvil, paralizada, hasta mis lágrimas habían dejado de fluir. Mariano se me había acercado lentamente, como para que lo viera, como para que lo reconociera y me tranquilizara, como para que digiriera el impacto de tenerlo frente a mí de nuevo, después de tanto tiempo. Pasó delante de mí y fue a mi escritorio. Tomó mi vaso y dejó caer una pastilla. “Tomá, Amor, sólo así podrás estar conmigo, tomálo”... El resto del sueño, después de tomar aquel vaso, fue cada vez más confuso y poco claro, sumido en una indefinición, como bajo los efectos de un alucinógeno... Así se sucedieron los sueños, noche tras noche. No eran repetitivos, aunque siempre confusos e indefinidos, eran distintos. En los primeros sólo hablábamos. Yo quedaba hipnotizada por el movimiento de su boca, por la palidez angelical de su rostro, por el contorno de sus ojos, tan negro como su impecable vestimenta. No tardó mucho en besarme. Creo que la primera vez, fue porque yo se lo pedí. Pareció dudar, pero me complació. Aunque era un sueño, sólo un sueño, me devolvió un poco más de vida.

La mañana siguiente intenté levantarme al mediodía, pero la luz que entraba por el balcón me lastimó los ojos. Cerré bien las cortinas y no pude hacer otra cosa que volver a dormir. Al atardecer, desperté. Leyendo las noticias policiales encontré la noticia de otro asesinato. Otro ladrón, otra vez destrozado, otra vez el parque que podía ver desde mi balcón. En la madrugada profunda comenzó, como cada noche, mi sueño nuevamente. Mariano entrando por mi balcón. Esa noche conservé suficiente razón para preguntarle qué le había pasado. Dónde estaba. Quién era el asesino de Andrés. Me respondió que no me preocupara, que era nuestro trabajo, de él y mío, hacer justicia por Andrés, o si no justicia, el menos venganza. Así me dijo. Después, hicimos el amor. Dulcemente, él siempre había sido dulce, no podía soñarlo de otra manera. Él mismo me dijo, que si no lo había hecho hasta ahora, era por temor a lastimarme... ¿Lastimarme? Desperté, como siempre, al atardecer, había dejado de despertar al mediodía, con la sensación, ya habitual, que todo aquello había sido real.

–¿Cuánto tiempo más creíste que iba a tardar en encontrarte, Lestat?

–Mi nombre es Mariano, Magnus, y ya me habías encontrado hacía meses. De hecho, volví a mi barrio, no me escondí demasiado. Viniendo acá cada noche, no hice más que mostrarme, ¿o no? Me preguntaba cuánto tiempo más tardarías en venir a mí. ¿O tendría que decir “por mí”?

–¡Ja, ja, ja! ¡Me complacés, Lestat! El cachorro... Ya tiene colmillos... ¿No te parece una metáfora más que apropiada para referirse a nosotros? –preguntó con una sonrisa irónica, que sólo levantaba la mitad derecha de sus labios.

–Vamos al parque, Magnus, donde todo comenzó, donde mataste a Andrés a y me transformaste a mí. ¡Vamos, Magnus! ¡Vamos, y terminemos con esto de una vez por todas!

–No, Lestat, no vamos a ninguna parte. Si querés morir, de nuevo, ja, ja, ja... Morirás acá, en este balcón. Y una vez que estés muerto, transformaré a Natalia, pero no con mi sangre, con la tuya. Por tanto, será tan inferior en poder a mí, que tendrá que serme totalmente sumisa. Sos mi hijo, Lestat, mi creación, y no tenés ni la menor idea, del poder que eso significa. Por supuesto, no tenés el mismo poder que yo, no podés matarme.

–Ahí es donde vos estás equivocado, Magnus, puedo matarte y voy a hacerlo. Natalia no sufrirá esta maldición. No, el menos, por tu mano.

–¿No, al menos, por mi mano? ¡Ja, ja, ja! Qué grata sorpresa, Lestat, no sólo aspirás a matarme, sino a transformar a tu novia, y que lo siga siendo por la eternidad... ¡Cuánto romanticismo! ¡Ja, ja, ja!... Te doy dos opciones, Lestat. Primero, transformás a Natalia, y los entreno a los dos como discípulos míos. O, segunda opción: peleás conmigo, te mato, transformo a Natalia con tu sangre, limpio la escena de tal manera que la policía creerá que vos sos el asesino serial que buscan, que Natalia no soportó más el peso de su conciencia por encubrirte y te mató. Pero, como todavía te amaba, desapareció... ¡Ja, ja, ja! De la misma forma, Lestat, que vos desapareciste, es decir Mariano, después de matar a tu amigo Andrés, confundiéndolo con un ladrón, tus víctimas habituales.

–¡Sos un monstruo, Magnus!

–Sí, eso ya lo sé. Un monstruo, un muerto... ¡Un Vampiro! Eso es lo que somos, gritálo con orgullo, Lestat. ¡Se un Vampiro orgulloso, se mi discípulo! Te ofrezco, vivir con Natalia, tu amor, por la eternidad, nunca fui tan generoso ni en vida, ni muerto. ¡Ja, ja, ja!... ¿Te sorprendo? A mí me sorprendieron tus actos, drogar a tu novia para que no se diera cuenta que ya no eras vos mismo, que ya no estabas vivo. ¡Que ahora sos un Vampiro!... ¿Sabés algo? Ella, Natalia, como Vampiresa, será tan interesante como vos, seguro... ¿Y? ¿Qué me respondés? ¿Qué opción elegís?

–¿Puedo hacerte una pregunta, Magnus? –el Vampiro antiguo respondió con una inclinación de su cabeza, sin perder nunca su sonrisa macabra–. ¿Es verdad que las estacas de madera en el corazón pueden matarnos, o es sólo folklore?

–¿Planeás estacarme? ¡Ja, ja, ja!... ¿Acaso me mató la bala de tu amigo Andrés atravesándome la cabeza? ¡Ja, ja, ja!... No, Lestat, es folklore. Sólo el fuego y, por tanto, la luz solar, puede matarnos. O sea, lo que voy a hacerte, es destrozarte, descuartizarte, enterrarte un par de siglos, para que sufras, y mucho, no sólo por estar descuartizado, sino también por seguir viviendo, hambriento. Para finalmente, desenterrarte y dejarte abandonando, en un lugar sin sombra, por supuesto, justo antes del amanecer.

–Omitís información, Magnus. Estuve investigando. Sé que las estacas no pueden matarnos, pero sé también que nos inmovilizan. No seré cruel, como pretendés serlo vos: ¡Morirás calcinado en el amanecer de este día!

–¡Ja, ja, ja! ¡Sí que ya tiene colmillos este cachorro! Y decíme, ¿cómo vas a hacer para clavarme la estaca?

–Con una ballesta.

–¡Una ballesta! ¿Y dónde está la dichosa ballesta cargada con la estaca? ¡Me divertís muchísimo, Lestat, realmente lamento tener que matarte, espero que Natalia me divierta tanto como vos! ¡Ja, ja, ja!

Los ojos completamente negros de Mariano y Magnus se reflejaban el uno al otro. Mariano nunca había cambiado su expresión de seriedad. Magnus, su sonrisa irónica, monstruosa. Fue en ese momento cuando mi amado se corrió de enfrente y yo, con mis ojos completamente negros, pude ver el corazón muerto pero latiendo de Magnus en su pecho, y lo detuve con la estaca.

Mat Elefzerakis;

miércoles 04 de abril de 2007